
Aquella tarde de primavera estaba sentada en su mecedora.
Nunca olvidaría esas rosas de su único matorral.
Cuando era joven, su esposo le regalaba arreglos florales.
Imposible olvidar ese recuerdo que siempre se repetía una vez al año. Amaba esas rosas.
No sabía que recibiría un ramo de su nieta.
Ahora sonreía feliz y nostálgica.
La chica caminaba triste por la pradera. El día estaba nublado y parecía que iba a llover. Caminaba y caminaba. Perdida en toda esa pradera. Se había escapado del palacio dónde la tenían retenida y no la dejaban a penas salir de allí. De pronto, ella soltaba lágrimas al son de la lluvia. Se detuvo enfrente de un tallo dormido y al caer una de sus lágrimas en este, la lluvia se fue y un radiante sol salió. Detrás de este, en segundos, un arcoíris apareció. El tallo crecía y crecía hasta que un hermoso girasol floreció. La niña dejó de llorar y sonrió. Así surgió la princesa girasol.
Estaba perdida en medio de un bosque en un lugar remoto. No recordaba como llegué aquí ni siquiera porqué estoy aquí. A mí alrededor eran todo árboles grandes y plantas adoquier. Se veían pocos animales, tal vez algún que otro conejo y ciervo. No sabía si había algún animal salvaje. Caminaba para encontrar algo que comer y agua para beber hasta que un rugido se escuchó. Miraba y miraba pero no veía nada. Es ahí cuando un dragón verde sobrevolaba el cielo. Jade lo llamé no solo por el color sino porque era igual de precioso que la piedra jade.
Colores ven mis ojos. Unos claros y otros oscuros. Cálidos y fríos. La rosa es de color cálido y de sangre. El rosal no solo es sangre también es color hierba. Esas ramitas son tono manzana. Cada mariposa que se posaba era diferente a la anterior. Unas eran cielo y otras nubes. También habían de girasol con ese color oscuro llamado oscuridad. Si ves todo por colores siempre habrán diferentes. Cereza, plátano, nectarina, chocolate, pan, arena, mar... Hay miles de tonos y da igual si son invierno o verano porque incluso puedes combinarlos. Así como el kiwi con la mandarina o el limón con el roble.
En un restaurante me encontraba esperando al camarero. Mirando la carta del menú y no podía no pedir la fabada asturiana. Deliciosa en su plato de arcilla. Típico plato de la provincia de Asturias el cual tiene enganchados a los turistas. Incluso a los que son asturianos. Con su rico compango(chorizo, morcilla y tocino). Cuando veo al camarero traerme mi plato no puedo evitar que mi boca deje de hacerse agua. Aunque te llene, lo disfrutas. Cada cucharada en tu boca. Cada una de las fabas. Cada trozo del compango. Y es que todo ello lo disfrutas con esmero.